America avanza Chile recien empieza

En América Latina se va afirmando una corriente de nuevos gobiernos y movimientos populares, con base en movimientos sociales y organizaciones políticas que no temen la adversidad de las condiciones actuales para ser alternativa de país. Aunque es un proceso abierto y con contradicciones, claramente se proponen detener el saqueo y abuso que los grandes poderes nacionales y mundiales ejercen sobre los pueblos, con innovación de las formas tradicionales de la izquierda, participación masiva, educación política, responsabilidad social y poniendo la unidad latinoamericana como urgencia para tener más peso en el mundo globalizado.

En Chile, para el objetivo mayor de la transformación social, es fundamental levantar sin demora una alternativa política nacional, un nuevo ideario de emancipación social, que se integre a la política continental. Eso lo entiende una pluralidad de fuerzas. Si  nos sumamos a esa voluntad. La posibilidad de caminar en dirección a la igualdad, a la justicia social, al progreso económico y cultural, radica hoy más que nunca en la capacidad de producir proyectos nuevos, de desestructurar el régimen político excluyente y proyectar un país mejor para todos.

Desde los escándalos judiciales que han golpeado a los bloques dominantes a los resultados de las últimas elecciones presidenciales, resulta claro que las opciones que disputan la dirección de nuestra sociedad son fuerzas agotadas, sin verdaderos proyectos para la mayoría de los chilenos. Han convertido la política en algo cada vez más inmoral, donde los intereses de personas y grupos se imponen sobre las mayorías. Es la vieja política, que perdió su disfraz, y se muestra como es, desgastada, sin nada nuevo que ofrecer a nuestro pueblo, sólo maniobras comunicacionales de brillo artificial.

De la Concertación que nos prometió alegría e igualdad no queda mucho. En 20 años hemos visto como sus directivas se acomodaron al poder y negociaron su ingreso a la élite, sellando una democracia sin pueblo, donde todo se corta por arriba con la derecha y los grandes poderes. Hoy los ricos son cada vez más ricos, y la diferencia entre las oportunidades de la clase alta y las del resto de los chilenos es cada vez más chocante. La pérdida de credibilidad de la Concertación abrió paso al ascenso de la derecha, que hasta las últimas elecciones aparecía como única posibilidad de cambio.

La derecha chilena sigue siendo reaccionaria, aunque haya renovado su proyecto de regresión social y defensa de los intereses de los poderosos. Heredaron lo peor de la historia de las masacres, injusticias y arbitrariedad que tiene Chile, pero además levantaron un proyecto de futuro, aberrante por cierto, que se proclamó en aquel acto de Chacarillas en 1977, el proyecto de la “revolución silenciosa” de Lavín, de la transformación económica a favor de los grandes capitalistas, del autoritarismo social de la UDI, del fundamentalismo de los grupos católicos reaccionarios.

Esa generación de Chacarillas, que consolidó su poder por medio de cúpulas y negociados, persiste en mostrarse como la posibilidad de recambio en la política chilena. No son más que pinochetistas que renegaron de sus responsabilidades cuando la cara sucia de la dictadura asqueó los chilenos, para que no viéramos hasta donde ellos también tenían las manos manchadas de mentira, de codicia, de sangre. Nuestra responsabilidad es construir una nueva mayoría social que destierre políticamente a la generación de Chacarillas y lo que representa.

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